Semanario REGION®

Del 2 al 8 de Octubre de 2015 - Año 25 - Nº 1.197 - R.N.P.I. Nº 359581

El rey y sus cortesanos

Un alcalde de una pequeña ciudad francesa, en un reportaje periodístico reconoció, hace poco, que él empleaba frecuentemente una metodología que ayudaba a bajar los costos de la medicina social en su pueblo. Su receta mágica consistía en saludar con entusiasmo a cada vecina de edad madura y decirle: ¡qué bonita que se la ve hoy! Sostenía jactanciosamente el galante alcalde, que ese día su conciudadana seguro que no tomaba píldoras para el stress, y por lo tanto gastaba menos en obra social.

Esa picardía es un pequeño ejemplo de marketing político aplicado a la relación con los electores. El desarrollo de técnicas avanzadas para generar buena imagen, puede llevar a intentar aplicar en la realidad cotidiana imágenes virtuales propias de la computación, del cine y de la televisión

Tratar de confundir lo escenográfico con lo real es una tentación propia de todas las épocas y todos los sitios. Quién no recuerda la vieja historia del sastre charlatán que le hizo un traje maravilloso al rey sugestionándolo de la belleza de una tela invisible para quienes no fueran honestos e inteligentes. El resultado fue un hermoso cortejo en donde se paseó el rey, sin saberlo, totalmente desnudo, hasta que la burla despreciativa de su pueblo le mostró la realidad y la lógica del hombre común

Los cuentos y fábulas como el relatado tienen un mensaje ético que prende adecuadamente en los niños que las conocen oportunamente a través de los libros. Pero ¿qué pasa cuando el joven y el adulto no preparado, conoce mediante los modernos medios de comunicación, la versión aggiornada de esa historia? Hay muchos que pueden llegar a tener la sensación de que el único que está vestido es el rey y su corte, y quienes están desnudos son los ciudadanos.

Reiteradamente he manifestado que jamás un representante o mandatario puede tener más derechos que su mandante o representado. Sin embargo la constante tergiversación de los principios y valores hace que quienes ocupan cargos públicos, en cualquiera de los tres poderes clásicos de una democracia, se manifiesten con prerrogativas o fueros especiales que atentan con el principio de igualdad republicana.

Los privilegios de los mandatarios sobre sus mandantes son aberraciones jurídicas que perturban el sentido de equidad y justicia. Así como existen, en el aspecto comercial, leyes de protección al consumidor éticamente defraudado con productos que no sirven, también debería protegerse al ciudadano de promesas no válidas que entretienen falsamente a la sociedad, y le roban la ilusión y el tiempo, quebrando finalmente las oportunidades que necesitan nuestros hijos

También existen los que explotan las frustraciones y resentimiento de la gente. No debemos olvidar que la organización de la violencia lleva más esfuerzo que la organización del trabajo fecundo e inteligente. Pero la no violencia no significa la aceptación de la injusticia. Hay muchos ejemplos, en la historia del mundo, de liderazgos que lograron grandes cambios sin brutalidades.

Quizás las transformaciones a través de la evolución demoren mucho más tiempo en obtenerse que las que se logran mediante la revolución, pero la destrucción que genera esta última no es el sustento suficiente para nuevas construcciones sociales. La fuerza de los grandes principios no tiene la capacidad demoledora de las armas, pero brinda la protección suficiente para vivir en paz.

Una sociedad fracasa si no tiene niveles apropiados de educación, por ello, los gastos sociales se incrementan al disminuir la eficiencia en la educación familiar y escolar.

Una última reflexión... en marketing comercial se habla de que hay que marcar la diferencia con respecto a la competencia, para que el cliente sepa elegir en función de esa diferencia. Sería bueno que en marketing político los actores diesen garantías de una diferencia, tan escasa en la oferta, que sería realmente imbatible: la honestidad de vida y pensamiento.

Carlos Besanson

Publicado en el Diario del Viajero n° 708, del 22 de noviembre 2000


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