Semanario REGION®

Del 3 al 9 de Julio de 2015 - Año 25 - Nº 1.185 - R.N.P.I. Nº 359581

El juego de las sillas

 

He observado muchas veces que una de las maneras en que los niños aprenden a divertirse, mientras ensayan comportamientos sociales, es el bien conocido juego de las sillas. Cuando la música se detiene los participantes buscan rápidamente adonde sentarse, partiendo de la premisa que siempre hay menos asientos que personas. Quizás de esa manera los chicos van tomando conciencia, en forma lúdica, de lo que significa la escasez de medios y el riesgo que representa no estar debidamente preparado para atender las reglas que uno acepta al participar. El desconcierto de algunos, las trampitas de otros, y el ver descolocados a muchos, es parte del espectáculo.

Algunos bailes europeos usan este mismo juego, para divertirse reanimando las fiestas, sobre todo en las llamadas polkas. También ahí la sensibilidad social permite evidenciar quiénes tienen el suficiente donaire para saber perder o ganar sin molestar a los demás. Por ello este tipo de juego requiere a veces un buen director que sepa eludir y atemperar situaciones enojosas, en las cuáles los participantes pueden transformarse en contendientes.

En la actividad cotidiana todos sabemos que hay menos sillas que postulantes. En la vida sentimental, familiar y laboral, quienes han logrado sentarse adecuadamente saben que hay quienes rondan esperando una vacante en los buenos sitios ocupados. La música que muchos ponen para que uno baile, puede cesar intempestivamente y dejarnos de a pie, sin música ni asiento. Es decir una malaapreciación de situaciones nos puede descolocar totalmente.

En otro plano, la lucha por las sillas vacantes son conflictos tácitos entre quienes las disputan. Pienso que, en todo conflicto de este tipo, una de las partes está equivocada en el cálculo de las fuerzas propias y ajenas. Años de análisis de situaciones personales, sociales y políticas, me han permitido llegar a la conclusión que en el ochenta por ciento de los casos, el resultado de la lucha se podía predecir objetivamente. Es decir que en esos casos el conflicto a muerte era ilógico pues había, en el tiempo, un ganador seguro. Sin embargo, muchos de los actores en esos encontronazos pierden noción de la realidad y de las probabilidades. Es como si se obnubilaran dentro del círculo vicioso de pequeños razonamientos, que siguen siendo pequeños aunque se griten a viva voz.

La lucha por la silla de los pequeños, puede representar la lucha por el sillón de los mayores. Lamentablemente, algunos de estos últimos convocan a otros para conflictos engañosos, que de ninguna manera responden a las palabras que se invocan para atraer las adhesiones. Muchos de esos conflictos no dan ni felicidad, ni paz, ni capacidad, a quienes participan de ellos. Me atrevo a decir que implican en ciertos casos la pérdida de esos valores, que son tan esenciales y que simbolizan la vida.

En este momento pasan por mi mente los hábitos de ciertos pueblos orientales que han aprendido a sentarse en cuclillas. ¡Me resulta difícil imaginármelos jugando al baile de las sillas! Sin embargo, tampoco han podido eludir los conflictos innecesarios. Es que el hombre cuando quiere más de lo que necesita, termina deseando lo que tiene el otro, y en vez de construir eso que apetece, pretende apropiárselo inmerecidamente.

Para cierta gente es más fácil quitar que hacer, aunque finalmente es mucho más doloroso para todos. Son los que sin saber bailar terminan rompiendo la silla que tironean.

Carlos Besanson

Publicado en el Diario del Viajero nº 336 del 6 de octubre de 1993